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martes, 12 de septiembre de 2017

El pozo de los secretos

EL POZO DE LOS SECRETOS



No había otra cosa que sus padres les hubieran repetido más que la frase "¡No os acerquéis al pozo!". Y allí estaban ellos, mirando dentro del pozo con las lágrimas saltadas porque, mientras estaban jugando, Alex se había caído dentro.

Roberto juraría que había escuchado el sonido de la zambullida en el agua, pero Alex no contestaba y asomados al pozo no veían nada, solo oscuridad.

Pedro empezó a llorar y a decir que habrían tenido que hacerle caso a sus padres. Pero ya era tarde para lamentarse, hasta que oyeron una voz dentro del pozo.

- ¡Eh chicos! No os podéis hacer una idea de lo bonito que es esto aquí abajo. Tenéis que venir a verlo.

Alex era el aventurero y el mejor en gimnasia en el colegio. Y siempre tiraba de sus otros dos amigos para sus aventuras por el pueblo y el bosque. Habían buscado tesoros, conquistado un castillo que en realidad era la casa abandonada de unos vecinos, y hasta habían construido una casa en un árbol. Ellos querían un fuerte, pero había que conformarse y habían tenido que contar con la ayuda de los mayores y trabajar mucho en casa para conseguirlo. Aquella casa en el árbol del patio trasero de Pedro había sido su lugar favorito hasta que una gran tormenta la había destruido el año anterior. Tras ver que no había manera de recuperarla, trasladaron su lugar favorito a aquel prado donde estaba el pozo y no dejaban a nadie más ir a jugar. Por eso aquel lugar era solo de ellos.

- Estás loco si piensas que Pedro y yo vamos a bajar ahí. Sobre todo Pedro, que odia el agua.

Pero ya no hubo contestación desde el fondo del pozo y los chicos empezaron a preocuparse. ¿Y si al final le había pasado algo?

- Vamos a hacer una cosa, Pedro: voy a bajar a por Alex. Tú nos esperas aquí, que nos tienes que ayudar lanzando la cuerda ésta que no sabemos si llega hasta el fondo. Si ves que no puedes tendrás que ir a buscar ayuda.

- ¿Pero te vas a lanzar sin nada? No sabes lo que hay debajo.

- Si Alex está bien, yo también puedo. Espéranos aquí.

Y Pedro se quedó solo en el prado tras ver como su amigo Roberto se lanzaba al pozo como si aquello fuera el trampolín de la piscina municipal.

Mientras tanto, abajo Alex había salido del agua del pequeño lago que había bajo la abertura del pozo y empezaba a investigar las hermosas paredes brillantes de aquella cueva oculta cuando escuchó una zambullida en el agua. Uno de sus amigos había bajado y se había quedado tan impresionado como él al salir del agua y ver aquella maravilla.

- ¡Esto es precioso!

- Os lo dije. ¿Y Pedro?

- Se ha quedado arriba para sacarnos ahora con la cuerda. Mira cómo ilumina la luz que entra del exterior todo esto.

- Tanto tiempo aquí y nadie sabe que este sitio existe.

- Alguien debe de saberlo porque si no habrían tapado el pozo hace tiempo. No tiene ningún uso. Ni siquiera la cuerda con el cubo llega aquí abajo.

- Pedro habrá tenido que ir a pedir ayuda. Se nos va a caer el pelo cuando nuestros padres se enteren.

- Pero habrá merecido la pena solo por encontrar esto. Hasta le podremos poner el nombre que queramos a esta cueva si nadie la ha reclamado. Vamos a ser héroes.

De pronto se escuchó otra vez el agua y los dos se giraron hacia el lago y corrieron a sacar a Pedro del agua.

- ¿Pero qué haces aquí? Tenías que haber ido a pedir ayuda para que nos sacaran. Ahora con los tres aquí abajo a ver cómo salimos.

- Estaba asustado y no lo pensé. ¡Vaya, qué bonito es esto!

Palabras que hicieron que los tres se pusieran nuevamente a hablar de las maravillas de la cueva y del increíble descubrimiento que habían hecho. Hasta que se dieron cuenta de que tendrían que buscar otra salida al exterior, porque subir por el pozo era imposible.

Pegados a la pared de la cueva empezaron a recorrerla en busca de alguna abertura que les ayudara a salir. Pero se dieron cuenta de que aquello era más grande de lo que habían supuesto, y aquella extensión de terreno subterránea abarcaba todo el prado que tenían sobre ellos.

- Estáis buscando mal.

Los tres chicos se volvieron hacia la voz que habían oído a sus espaldas, encontrándose con un niño que parecía no mucho más grande que ellos pero sí más bajito de estatura.

Se le quedaron mirando sin saber qué decir. Pedro, el más asustado, agarraba fuerte a los otros dos.

- No tenéis que buscar por las paredes a la altura de vuestros brazos. Tenéis que hacerlo más abajo.

Seguían sin poder decir ni una palabra. Tan solo lo miraban y aquel niño empezaba a fruncir el ceño.

- Os he estado oyendo hablar, ¿por qué ahora parece que se os ha comido la lengua el gato?

Aquello hizo que por fin Alex fuera capaz de echarle valor y hablar con él. Se presentaron y su nuevo amigo, que se llamaba Leo, les explicó la historia del lugar donde se encontraban.

"Hay pozos conocidos como los pozos de los deseos, a los que se les lanza una moneda a la vez que formulas el deseo en tu mente y el pozo ayuda a que se cumpla. Por desgracia, muchos de los pozos en los que la gente hace eso no son pozos de los deseos. Por eso sus deseos no se cumplen. Y luego están los pozos como éste. Los pozos de los secretos. Éstos son los verdaderamente mágicos. Aquí abajo todo lo que hagáis será secreto, nadie lo sabrá nunca. Y solo es acto para niños humanos. Los adultos no pueden bajar aquí. Si uno cae al pozo no encuentra lo que vosotros habéis encontrado, sino que solo verá un agujero lleno de agua. Pero vosotros, vosotros podéis verlo todo. Es el mejor lugar secreto del mundo."

Esa tarde, Leo y los chicos se hicieron amigos y quedaron en que todas las semanas irían a visitarlo para jugar. Porque, aunque Leo tuviera más de cien años, nunca había dejado de ser un niño. Y no estaba solo, había más como él en aquel pozo.

Sus padres nunca llegaron a saber nada de aquellas aventuras. Ellos iban cada vez que podían y, en vez de lanzarse por el pozo como la primera vez, que tuvieron que esperar a que sus ropas se secaran para volver a casa, entraban por una entrada secreta en uno de los árboles del bosque, en las lindes del prado. Era una abertura pequeña por la que, como Leo había dicho, un adulto no cabría.

Pero un día, como todo llega, los chicos se hicieron adultos y no pudieron bajar más a aquella cueva. Sin embargo, nunca olvidaron aquel secreto y, cuando tuvieron hijos, empezaron a contarles historias sobre pozos de los deseos y pozos de los sueños. Y cuando por fin sus hijos tuvieron edad para conocer aquel secreto, los llevaron hasta el pozo para que conocieran a Leo.

El hijo de Pedro era de esos niños que no se puede estar callado y un día, en una cena familiar con sus padres y sus abuelos, les habló del secreto. Pedro intentó callarlo, pero el niño seguía contando sus aventuras de esa tarde. Cuando acabó la cena, su abuelo le dijo al niño: "pero Pedrito, eso debería ser un secreto". El niño, tras pensarlo, dijo: “pero si todos habéis estado en el pozo, me lo ha dicho Leo”.

Pedro miró a sus padres, ya bien entrados en años, y los dos le sonrieron. Por eso aquel pozo nunca se había cerrado. Aquel pozo también era su secreto. Y de ahí la insistencia de decirle a él y a sus amigos que no se acercaran al pozo. No hay nada como prohibirle algo a un crío.

Ariel Romero