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domingo, 17 de abril de 2016

Las flechas de Cupido de Ariel Romero




LAS FLECHAS DE CUPIDO
  
- Hijo, esto cada año está peor.  Tenemos que hacer algo al respecto porque se acerca San Valentín y esto es un desastre. Cada año la gente cree menos en el amor y hay más separaciones. ¿Estás seguro de que no estás utilizando más flechas de plomo de la cuenta?
- Bueno, uso algunas más que las doradas, eso es cierto. Pero es que hay gente que no se merece que su amor sea correspondido.
- Hijo, los mortales necesitan creer en el amor, te lo he dicho millones de veces. Y más ahora con todo lo que están sufriendo. Necesito que este año dejes las flechas de plomo y solo te lleves las doradas que provocan amor instantáneo. Y que te pases todo el 14 de Febrero llenando de amor el ambiente.
Cupido malhumorado se fue, dejando a Venus sola con sus pensamientos. Ese hijo suyo nunca iba a cambiar, le costaba que le hiciera caso.
Apenas quedaban dos días para el 14 de Febrero y Cupido tenía que preparar todo para hacerle caso a su madre. Tenía preparadas millones de flechas. Las doradas con plumas de paloma que provocan amor instantáneo y las de plomo con plumas de búho que provocan la indiferencia. Su madre le había dicho que solo usara las doradas, pero él iba a llevarse unas cuantas de plomo, por si acaso.
Llegó la esperada mañana y con su arco en mano y cargado de flechas se fue a ver a los mortales. Venus le había insistido que ese día quería ver mucho amor en el ambiente. Y desde luego lo vería, y tanto que sí. Todos querían su historia de amor y la iban a tener, aunque no fuera la que ellos se esperaban. Y empezó a lanzar flechas con mucho entusiasmo, más incluso que cuando había estado lanzando las de plomo todo este tiempo atrás, de manera muy enérgica y bastante al tun tun. A una mujer y al taxista que la llevaba, a clientes con dependientas, a secretarias con sus jefes, a los que andaban unos cerca de otros. Lo más divertido fue ir entrando por los colegios e ir uniendo a los profesores y a los alumnos entre ellos.
Aquello que estaba haciendo era una auténtica locura, pero tenía pocas ganas y era lo mejor para hacerlo en el menor tiempo posible. Lanzaba las flechas y los veía tan felices que seguía lanzándolas, cada vez mirando menos las parejas que creaba. Lo que hacía era divertido al fin y al cabo, y el ambiente se estaba llenando de amor allí por donde pasaba.
A media mañana había repartido las millones de flechas doradas y ni una sola de plomo y se fue a casa muy contento a descansar un poco antes de volver de nuevo a seguir con su cometido. Cuando Venus le vio por allí se acercó.
- ¿No te dije que hoy tendrías que trabajar duro?
- Ya está casi todo hecho. Todos están felices y con pareja. Solo me quedan unos cuantos para luego.
Venus extrañada decidió acercarse a verlo por ella misma. Y todo lo que en un principio a Cupido le había parecido bien porque había mucho amor en el ambiente, ahora era todo un desastre. Parejas que tenían reservas en hoteles y restaurantes las estaban anulando porque se habían enamorado de otras personas. Bodas anuladas porque ambos mortales habían encontrado a otras parejas. Chicas que lloraban porque sus parejas las habían dejado por otras chicas y ellas se habían quedado solas. Su hijo había lanzado la mayoría de las flechas sin tener en cuenta sentimientos ni edades, ni condiciones. Solo por acabar lo antes posible con lo que le había mandado.
Volvió muy furiosa y se le quedó mirando fijamente.
- Eso no es lo que te había pedido que hicieras. Vas a tener que coger las flechas de plomo y arreglar todo eso. Y luego volver a lanzarles las doradas a las personas correctas. Nada de atajos como el que has utilizado.
- ¡Si están todos felices!.
- No todos y no está correcto lo que has hecho. ¡Arréglalo!
- Pero eso me va a llevar más del doble de tiempo que he tardado en lanzar esas flechas.
- Haberlo pensado antes. ¡Arréglalo! ¡Ahora!
Estaba realmente enfadada con él, y a Cupido no le gustaba ver a su madre tan enfadada. No le quedaba más remedio que volver y hacer las cosas bien.
Aunque las vidas de los mortales le parecían aburridas, tenía cierta curiosidad en ellas. Al principio, se paraba a observar a los que más le llamaban la atención, pero hacía mucho que no lo hacía. Hoy, en cambio, debería retomar esa vieja costumbre y pararse a observar a todo el mundo para descubrir a su pareja ideal. Pero lo primero era ponerse a lanzar flechas de plomo a todos con los que se había equivocado, que eran la mayoría.
Tras terminar con eso, la primera en la que se fijó fue en una chica que estaba comprando la prensa en un quiosco y entraba a un edificio. La siguió y vio como al conserje, que era un chico joven, se le iluminaba la cara al verla. Y se dijo, "¿por qué no? A él le gusta y a ella le vendría bien una persona así". Cogió dos flechas y se las lanzó a ambos. Realmente a él no le hacía falta pero una de sus flechas reforzaría ese amor que ya sentía. Ella se paró frente al ascensor y le miró, y él se acercó con una rosa en la mano que había comprado antes de ir a trabajar con la esperanza de atreverse a dársela. Primera historia de amor en marcha, pero necesitaba crear muchas más en ese día, así que no podía quedarse a ver cómo evolucionaban, aunque le hubiera gustado. Si podía otro día lo haría. Dio una vuelta por el edificio lanzando algunas flechas más y siguió su camino hasta encontrarse con un hombre que se notaba que estaba esperando a alguien. Vio bajar a una mujer un poco más joven que él con la misma indumentaria para salir a correr. Se notaba a la legua que estaba haciéndose el encontradizo con ella. No llevaba anillo pero sabía que estaba casado. Instintivamente sacó una flecha de plomo para lanzarle a ella, pero recordando las palabras de su madre las cambió por dos doradas. Lanzó las flechas, una destinada al hombre y otra que no iba para aquella chica, sino para la mujer de éste. Y volvió a coger otras dos, una para ella y para el chico por el que suspiraba todos los días. Hubiera sido más fácil lo primero que pensó pero era el día de hacer las cosas bien y de repartir amor por todos los rincones. A lo largo del día, ese hombre haría lo correcto y saldría con su mujer a cenar y aquella chica por fin tendría la visita que tanto esperaba.
No se le estaba dando tan mal hacer lo correcto al fin y al cabo. Siguió uniendo mortales que se gustaban entre ellos y a los amores no correspondidos con las personas adecuadas.
Venus, que esta vez había estado siguiéndolo, vio con agrado el esfuerzo que estaba haciendo su hijo y decidió que esa noche le concedería el honor de prepararle ella misma una cena. Cupido no siempre la hacía feliz con sus actos pero esta vez estaba demostrando que era muy bueno en lo que hacía. Y a todo el mundo nos gusta que nos recompensen de alguna manera cuando hacemos un buen trabajo. Unas palabras de ánimo y reconocimiento, una palmadita en la espalda o una buena cena alegran mucho. Y más que bueno, Cupido es el mejor. Eso no podía negarlo.
Cupido mientras tanto seguía lanzando flechas allá por donde pasaba, no sin antes mirar bien a las personas. Se encontró a una chica con uniforme militar que iba muy seria por la calle, demasiado. Se fijó en ella y vio cómo evitaba cruzarse con las parejas que iban de la mano. Sin duda aquel día de San Valentín no era de su agrado y Cupido quería hacer que aquello cambiara. Intentó averiguar si había alguien en su corazón, pero parecía haber creado un muro en torno a él y no había manera de acceder. Volvió a intentar hacer algo sin éxito. Sin duda aquella chica, que debía rondar los treinta años, era de lo más inaccesible. Pero no quiso rendirse, si conseguía que pasara ese día al menos un poco más feliz todo el esfuerzo habría merecido la pena. Así que decidió que seguiría lanzando flechas y a la vez buscando a una pareja para ella.  
Un par de veces pensó que había encontrado al chico adecuado, pero sus flechas no funcionaron. Nunca le había pasado aquello, que sus flechas no dieran en ella. No conseguían impactar. Y decidió ir a ver a su madre para comentárselo.
Venus lo escuchó atentamente. Nunca antes una flecha de su hijo no había conseguido impactar en alguien. El tema le preocupó y fueron a consultar el libro del amor. Ese que le dieron junto a sus flechas. Ahí debía estar la respuesta a lo que pasaba. Solo había que consultarlo. Estaban pasando las páginas cuando dieron con "Acertar en un corazón amurallado".
- Eso es lo que le pasa. Ha creado un muro alrededor de su corazón y por eso mis flechas no le impactan.
- Vale. Según pone aquí hay que retirar el muro antes de poder lanzar una flecha que impacte con otra persona. Para retirar el muro hay que lanzar a la vez y a la misma persona una flecha dorada con una de plomo.
- ¿Lanzarle dos flechas distintas a ella?
- Si. Eso hará que se rompa el muro y que cuando le lances la flecha correcta para unirla a otra persona funcione.
- ¡Dos flechas distintas a la vez! Bueno, si el libro lo pone supongo que funcionará. Voy a terminar el trabajo y ahora vuelvo.
Venus cerró el libro mientras su hijo volvía en busca de la chica. Estaba contenta, esta vez estaba poniendo mucho empeño y haciéndole caso.
Ahora la encontró sentada en una cafetería tomando una coca cola mientras escribía en una libreta. Le había costado reconocerla sin el uniforme. Para ser una mortal es bastante guapa, pensó. Cogió las dos flechas y juntas las lanzó en la misma dirección. Ambas impactaron a la vez. Llegó la hora de lanzar la flecha a ella y a la que sería su pareja. Pensó en los chicos que había elegido antes para ella pero después de verla así, tan distinta, ninguno le parecía el idóneo. Entró en su corazón y vio que la persona por la que más amor sentía era Laura.
- ¡Vaya, una chica! Cómo no se me había ocurrido que podía ser eso.
Puso las dos flechas en el arco y las disparó, pero ambas variaron la trayectoria y chocaron entre sí. Alucinado por lo que había pasado volvió a intentarlo de nuevo con el mismo resultado. No era posible que eso estuviera pasando. A la cuarta vez le quedó claro que aquello era una pérdida de flechas y se fue de nuevo a consultar el libro.
Abatido, empezó a pasar páginas buscando una respuesta.
- ¿Otra vez aquí, hijo? ¿Qué ha pasado?
- Es la misma mortal. No consigo que la flecha impacte.
- ¿Le quitaste el muro a su corazón?
- Sí, y en él aparecía una chica. Pero cuando intento lanzarles las flechas, éstas....chocan entre sí.
- Eso tampoco había pasado nunca.
- Aquí está: "Cuando dos flechas chocan entre sí es que esa pareja es totalmente imposible. Puede ocurrir en el caso de que la amistad se confunda con el amor".
- Esas chicas son solo amigas, por eso no te funciona.
Siguieron buscando hasta que en una de las páginas encontraron justo lo que buscaban.
"El amor, como ciego que es, a veces no reconoce a su pareja cuando la tiene al lado y tiende a no encontrar el camino de la unión. Por eso están las flechas. Ellas siempre lo encuentran. Solo hay que saber cómo lanzarlas".
- Eso es. Hay que lanzar las flechas con los ojos cerrados. Una impactará en ella y la otra en la que sea su pareja.
- ¿Crees que eso funcionará?
- Según el libro debería. ¿Qué tal si voy contigo y lo comprobamos?
Juntos se fueron en busca de la chica, que ya estaba en casa con el pijama y las zapatillas. Estaba frente a una estantería escogiendo una película. Había llegado el momento de hacer que su noche cambiara. Así que puso dos flechas y cerró los ojos bajo la atenta mirada de Venus, que vio cómo la primera impactaba contra la chica y la segunda, tras un par de vueltas, impactaba en su hijo.
- Vaya, creo que ahora entiendo por qué antes no te había funcionado.
- Pero esto no puede ser, la flecha me ha dado a mí y ella es una mortal.
- Quizás es el destino.
- Claro, seguro que me debe una después de lo que le hice a Apolo con Dafne.
- Hijo, ella no se va a transformar en un laurel. Eres su pareja, así que ve a por ella.
- ¿Y cómo se supone que voy a entrar en su casa y a hablar con ella?
- Está en casa sola y no tiene cena, seguramente haya pedido una pizza.
- Vale, voy a por una pizza a ver si esto funciona.
Ya estaba decidido y al fin veía las cosas claras. Iba a bajar, comprar una pizza e ir a su casa a entregársela; y, si todo salía bien, en cuanto se miraran no habría que decir mucho más y pasaría con ella la bonita velada que se merecía. Y por otra parte, él también se la merecía, había trabajado mucho. Respiró hondo y el amor de todas aquellas personas a las que había unido a lo largo del día le llegó. Miró a su madre y vio que estaba orgullosa de él y de lo que había conseguido hacer ese día. Y supo que estaba listo para todo.
- No me esperes para dormir.
- Hijo, espera.
- No te preocupes. Estoy listo, ya sé lo que voy a hacer y todo va a ir bien.
- Hijo, espera.
- Lo sé, es una mortal, pero creo que sabré llevarlo.
- ¡Pero me quieres escuchar!
- Vale, ¿qué pasa?
- Que no puedes ir así. Tienes que cambiarte.
- Upsss, es verdad.

Ariel Romero

(Relato incluido en la Antología Romántica "Déjate Enamorar" - 14 de Febrero 2016)